jueves, 28 de julio de 2011

UNA CRUZADA ANTI LIGHT

¡Nada que hacer; estamos rodeados! Fue lo primero que se me ocurrió cuando vi en televisión el comercial de una pastilla de vitamina C con una sugestiva invitación: ¡ahora light!

Gaseosas, helados, mantequilla, café, chocolate, leche, hamburguesas y cuanta comida y bebida hay en el mundo se convierten de la noche a la mañana en la exclusiva debilidad del abdomen plano gracias a la inclusión de la palabrita mágica del siglo XXI: light (o ligero, para quienes preferimos nuestro castizo idioma).

Y no es siquiera un tributo a la conservación de la salud lo que ha hecho de lo light el más eficaz gancho publicitario, sino el culto, muchas veces suicida, a la consecución de una esbelta figura en unos cuerpos que generalmente se resisten a cambiar su original y amorfa distribución.

Y detrás del hábito esclavizante van las prohibiciones alimenticias: que sólo frutas, que una sola harina al día, que ocho vasos de agua diarios, que nada de fritos, todo asado; que nada de dulces....

No es justa esa autoflagelante complicación de la vida, cuando hay en el mundo tanta gente que quisiera engullirse lo que a unos pocos les parece “nada que ver”. ¿No es absurdo?

La fiebre de lo light no es moda, es una plaga que nosotros mismos propagamos porque dejamos que la publicidad juegue con nuestra autoestima, y más aún, con las esperanzas de ser tácitamente aceptados en el efímero mundillo de la belleza corporal.

Pero para quienes durante décadas han arrasado con tanta arepa e’huevo sazonada a punta de tierra, y han naufragado en innumerables sancochos de boyante bastimento ‘condimentao’ con óxido de olla, ¿cómo le ordenan a su estómago primitivo y maleducado que se olvide de su terquedad gastronómica y se adapte con tanta “ligereza” a los designios de las dietas?

Y lo que es peor: ¿quién ha dicho que tomar cerveza light evita que a los bebedores de cerveza en cantidades industriales se les afiance en el abdomen una bien formada y flácida protuberancia digna de trillizos?

Seamos prácticos: que tengamos que dejar de comer ciertas cosas por prescripción médica, vaya y venga, pero hacerlo sólo porque los demás lo hacen o porque esa gente que sale en televisión se ve tan light.... No seamos......

Por eso espero no equivocarme al afirmar que esta es una cuestión de principios. Para quienes nos aferramos a creer que el libre desarrollo de la personalidad incluye el derecho, y sobre todo la satisfacción espiritual de comer de todo, debemos considerar que la cultura light está muy cerca de ser un fanatismo religioso.

Cerremos filas ante la amenaza de la frívola sociedad contemporánea antes de que un día no muy lejano se atrevan a profanar el buen gusto, mediante la herejía impune de una bandeja paisa “super hiper mega light”; un perro caliente sin pan o un chorizo dietético.

viernes, 1 de julio de 2011

Ya somos inundación


La escena es y será siempre la misma: en los pueblos sumergidos en el agua la familia comparte unas tablas para medio dormir, medio cocinar y ver pasar las horas. En algún palo una gallina se pone a salvo, del agua y del gallo, y en otra tabla un perro flaco deja de ladrar por temor a caerse.


Las canoas entran hasta media casa, los niños se zambullen desde los techos y árboles mientras los más pequeños se pintan la cara con el propio moco, varios de ellos con un remiendo de calzoncillo colgado y otros desnudos con su recocha de parásitos en la barriga.

Y al fondo del rancho, casi en penumbras, algún anciano mira hacia fuera, de medio lado, encorvado y convencido de que así será por los siglos de los siglos porque él y todo el escenario hace parte de ese Hombre Anfibio que describió el sociólogo Fals Borda: vive en el agua y en la tierra, y ahora mucho más tiempo en el agua por las inundaciones cada vez más prolongadas.

Por efecto de la evolución de las especies y la adaptación al medio, la gente vive las inundaciones, las sabe esperar, en ella se engendra y se muere y aunque ruega a Dios que bajen pronto las aguas, las lleva en la piel como al calor y al mosquito.

No es que estemos condenados a la tragedia de las inundaciones pero creo que ya deberíamos ir incluyéndolas en la cosmogonía del Hombre Anfibio, es decir, en la noción de su mundo, su origen, en la forma habitual de entender el entorno en que vive.

En otras palabras, convencernos de que no sólo somos agua y tierra, también somos inundación porque la gente de río y ciénaga sabe que las cosas no van a cambiar. Ni el agua va a aflojar porque ya no hay “época de lluvia”, ahora llueve todo el año; ni la ayuda oficial va a pasar de las colchonetas, los mercados, la medicina y quizás un terraplén que en poco tiempo se caerá.

Y menos aun van a querer salir de sus casas. Para muchas poblaciones anfibias son más de 150 años viendo subir y bajar el agua, tal vez no con la furia de hoy, pero no está en la mente de alguien abandonar su casa y mucho menos refundar sus pueblos en otras regiones.

Por eso cada vez nos sorprendemos menos y nos resignamos más, porque en nuestro imaginario ya es común, sea malo o bueno, verse viviendo bajo el agua. Es más, me atrevería a pensar que a nuestra gente anfibia no le preocupa tanto el agua en las rodillas como la ayuda para poder trabajar la tierra y para acceder a educación y salud.

De todas formas, entregados o no a esa cosmogonía, no puede ser que la única forma de saber dónde quedan los pueblos más pobres y ocultos de nuestro país sea por las inundaciones.

Y lo peor: no puede ser que en Colombia a las inundaciones les pase lo que a la guerra: es una tragedia cuando afectan a las ciudades, mientras tanto son “una vaina grave” por allá lejos “no recuerdo dónde”...

miércoles, 15 de junio de 2011

La auténtica locura

De día o de noche, con sol o con lluvia, un viejo, flaco y curtido de tierra y sal, le cumple la cita a la locura, absolutamente todos los días de su propio e invertido calendario, en el lugar de siempre: avenida Santander, sector El Cabrero, en Cartagena.

Con una mano en la oreja y la otra señalando siempre al mar, el hombre lleva quién sabe cuánto tiempo en su túnel del tiempo hablándole a los fantasmas de su pasado, como esperando que de un momento a otro el mar le responda y pueda morir tranquilo.

Nosotros, que nos creemos normales y que hemos señalado a locos de todo tipo de locuras, tamaños, colores y épocas, y también a locos que no lo son tanto, pero les va mejor haciéndose los locos; nosotros, que nos hemos acostumbrado a reducir el amplio espectro de los desórdenes mentales a la algarabía de los harapientos con piedras y palos, deberíamos apreciar y asombrarnos todavía con la locura romántica de éste indiscutible viejo poeta.

Este sí es un loco auténtico. No hace cosas para que el mundo sepa que es loco porque, tal como lo ordena el ritual de la verdadera locura, no le interesa saber qué piensan los humanos de él ni espera nada de ellos.

Es decir, es un artista que ha magnificado la locura pero no es pintor, músico o escritor, que son los únicos “locos” válidos para ésta sociedad nuestra que les aplaude cualquier engendro de la imaginación.

No es un loco irritable, vulgar o insubordinable, ni siquiera loco “de mala crianza”, pero su rebeldía supera con orgullo la inclemencia de torrenciales aguaceros como reclamándole a la naturaleza: -¡unas por otras!

Tampoco le teme a la noche pero supongo que debe dormir porque sí, porque la gente duerme en la noche o por cansancio, pero con seguridad sigue hablando dormido, repasando lo que le dirá al viento el día siguiente, allá mismo en la orilla del mar.

Un día de estos, en un arranque de lucidez, se cansará de hablarse a sí mismo y se meterá al mar para siempre. Entonces el paisaje no será el mismo pero nadie lo notará porque no hemos aprendido a consagrar un minuto de la vida para bendecir las cosas que giran alrededor. Así sucede con las murallas o el atardecer.

Antes de que eso pase, durante el ciclo lunar que potencializa la locura que todos guardamos, me detendré a felicitarlo por semejante mística que le mete a su locura, y más que eso, agradecerle por estar allí todos los días sirviéndonos de polo a tierra para recordarnos de vez en cuando que nosotros somos los irreales, los incapaces de imaginarnos otro mundo….












viernes, 10 de junio de 2011

¿No hay mal que dure cien años?

“El político amateur es la verdadera maldición del país”. Esa era una de las impresiones que de la política colombiana tenía la delegación diplomática británica en nuestro país hace cien años, y que es analizada en un libro del ex rector de la Universidad Nacional, Marco Palacios, en el que esboza un perfil de la cultura política colombiana a comienzos del siglo XX, y que se titula “La clase más ruidosa”, aludiendo a la clase política.

Los diplomáticos británicos se referían a quienes asumían la política como una oportunidad de favorecerse individualmente, ya que quienes tenían el conocimiento, la capacidad y la vocación para ejercer la política “con patriotismo”, no lo hacían, dejando así los espacios libres a los “impreparados”.


Según los ingleses, en ese entonces (1911) los colombianos “instruidos” reconocen que la política no es muy limpia en Colombia, pero “no hacen ningún esfuerzo para asegurar un mejor estado de cosas; simplemente se quedan aislados”.


En el reporte de 1922, once años después, los británicos pensaban igual: “los colombianos en general están muy lejos del estadio de patriotismo en que los intereses nacionales se colocan por encima de las ventajas personales”.


Hace casi cien años, como hoy, la política reclutaba a quienes tenían la malicia suficiente para manejar los hilos del poder, sin la condición previa de haber demostrado su compromiso social en cualquier otra actividad, ni de saber gobernar y ayudar a gobernar, es decir, no sólo mandar sino tener capacidad para resolver los problemas que impiden un mejor bienestar de la comunidad.


Pero no: cuando hoy se dice popularmente que fulano o sutano está preparado para ser alcalde o gobernador o presidente se entiende que cuenta con esa malicia (que algunos llaman ingenuamente ‘talante político’) y, lo que es peor, que cuenta con el poder económico para practicarla, pero nadie indaga por su capacidad y menos por sus antecedentes.


Y hoy, como hace casi cien años, “la clase más ruidosa” a la que aludían los ingleses es curiosamente la más escandalosa, y no precisamente por cuidar de lo público, a pesar de ser cada vez más “instruida”. Por el contrario, pareciera que entre más estudios, más educación y más conocimiento adquiere una persona, mejor habilidad posee para sumarse a la corrupción. En otras palabras, la administración pública no es hoy una escuela para el desarrollo y la paz sino para el delito.


Pero allí no terminan las coincidencias. Observen ustedes cuánta similitud hay entre nuestro presente y otro reporte de los diplomáticos ingleses en 1931 sobre los partidos políticos colombianos: “cuando llega el momento de intentar una definición de las diferencias sustantivas entre los dos partidos se vuelve muy difícil. Están las tradiciones y los clanes políticos. Algunos apellidos bien conocidos están asociados a uno u otro partido y generalmente entre las familias dirigentes cuenta primero la familia y después la política. Cuando se desciende un poco en la escala social, la adhesión a un partido depende en alto grado del interés personal, mientras que más abajo de la escala, el factor dominante es la fidelidad personal o el miedo al patrón o al jefe.”


Y sobre la clase política colombiana dijeron en 1926 que era como “una gran masa de políticos, esto es, gente que depende del gobierno para vivir y que busca estar bien con el partido del gobierno, cualquiera que este sea”.


El arraigo de esta cultura política en nuestro país se lo debemos a la excesiva indiferencia, permisividad y hasta complicidad con que hemos visto hacer las cosas durante más de un siglo. Por eso, para cualquier extranjero, pero no para nosotros, es fácil ver que en ese carácter del pueblo colombiano está la respuesta a otra pregunta casi centenaria de los británicos: “¿por qué un país que a primera vista parece ser verdadera tierra de promisión se convierte, para aquellos que viven suficientemente en él, en tierra de promesas incumplidas?”


Tanto nos hemos olvidado de corregir nuestro pasado que si alguien tuviera que hacer hoy una tarea similar sobre el perfil actual de nuestra clase política no habría que cambiar una sola letra de lo que hace más de noventa años escribieron los británicos.